Es tiempo de Adviento. Se acercan las Navidades. Las calles se han llenado de luces. Bombillas multicolores, árboles de Navidad, paquetitos, lazos, escaparates decorados con nieve artificial… Los comercios buscan atraer consumidores por todos los medios posibles y todo es como una carrera antes de que el objetivo del deseo se agote: lotería por aquí, juguetes por allá, electrónica, ropa, complementos…, la locura.

Recuerdo los sosegados pero intensos advientos de mi niñez en los que, guiados por nuestros padres, nos dedicábamos a lo que es el verdadero sentido de estas semanas: preparar la Navidad. Siempre nos conseguían un calendario de Adviento para ir abriendo las ventanitas de cartón cada día en la cuenta atrás hacia la gran fiesta. Al principio nos los mandaban desde Alemania y no entendíamos nada de lo que ponía dentro, pero nos encantaban los dibujos.

Como el adviento es tiempo de penitencia la casa no se adornaba, pero los domingos nos juntábamos para ir preparando los adornos que, en una especie de zafarrancho de combate, pondríamos todos a la vez el día de Nochebuena. Mi padre se encargaba del belén que siempre se ponía debajo del árbol. La simbología es que del Nacimiento surge la vida que simboliza el abeto (el árbol que permanence vivo en invierno)  y la luz, que simbolizan las bolas de cristal y las velas.

Mi padre hacía uso de su habilidad para pintar para hacer cada año un belén distinto. Un año pintó con óleos una cueva sobre cartones con sus piedras y plantas. Otro año desarmó los flotadores de corchos que teníamos para aprender a nadar en el mar y construyó con ellos un portal bajo una escalinata. Los corchos habían sido convenientemente pintados para que parecieran de piedra antigua y llena de desconchones, quedó precioso.

Yo siempre le recuerdo trabajando en esos preparativos tranquilamente con mucha ilusión por cómo iba a quedar aunque no lo iba a poder ver hasta el día D a la hora H

El día 24 cuando ya solo quedaba una ventanita del calendario por abrir, todos nos lanzábamos al trabajo.  Mi madre se encargaba de adornar el árbol, con nosotros al pie alargándole las bolas, en especial la que coronaba la copa del abeto y luego entraba mi padre con su portal, su musgo sus piedras y sus figuritas. Situaba el nacimiento debajo del árbol con mucho cuidado y entonces podía ver el resultado de sus preparativos que invariablemente era estupendo, al menos a mis ojos. Luego el belén se extendía por el suelo del cuarto de estar y a nosotros nos dejaba colocar las figuritas de los pastores y las ovejitas, el pozo, las casitas… Disfrutábamos de lo lindo.

La última figura que colocaba mi padre, con sumo cuidado, era la del ángel que anuncia el nacimiento de Niño Dios a los pastores. Se trataba de una pequeña obra de arte. Tan pequeña como era, tenía todos los dedos de las manos separados,. La cuidaba con mimo. Era el ángel de papá. Lo conservó intacto toda su vida.

De vez en cuando tenía golpes de humor incluso montando el belén. Un día me encontré junto a unos pastores empujando unos burros un pequeño marco con una fotografía de carnet de mi padre

  • ¿y esto? , Le pregunté
  • El más burro de todos, me dijo y no me permitió quitarla

En la foto decoraciones de Adviento en Zagreb este año.

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