Pablo Tijan, cuñado de Luka Brajnović, y compañero de fuga, recibió en el campo de refugiados de Fermo a finales de julio de 1945 una carta de un sacerdote croata en la que le decía que sus padres estaban sanos y salvos en Senj, su ciudad natal. Pero la misiva no decía nada de Ana, la esposa de Luka, que al haberse casado ya no figuraba como Ana Tijan sino como Ana Brajnović.  A Luka le preocupa que el cambio de nombre le haya podido perjudicar  y se siente culpable.

Mi adorada esposa – mi Ana – se podría haber librado de todas las penalidades que quizá está sobrellevando (…) si nunca hubiera adoptado ese apellido. ese pensamiento me hiela la sangre en las venas, porque soy consciente de cuánta desgracia llevo…en los ojos, en las palabras, en el alma- en la vida…

Luka no sabía que precisamente el cambio de apellido le salvó la vida a Ana puesto que como cuenta en sus memorias, desde Senj le llegaron a Zagreb noticias diciéndole que no se acercara porque habían ido a casa de sus padres a buscarla por su nombre de soltera para detenerla.

Estaba -relata- en la lista de personas que había que eliminar. O sea, fusilar.

Al quedarse escondida en Zagreb con su nuevo apellido se libró de aquella primera criba.

Desconocedor de todo esto, Luka concluye que pase lo que pase, el amor que les une compensa todas las dificultades.

Estoy seguro de que también para ella  la mayor felicidad es esta: que yo la quiero, que la amo más que a mí mismo, más que a nada en este mundo, al igual que yo soy feliz por su amor . Nosotros no temíamos a la vida, no nos helamos con el pensamiento de la muerte (…) . Seremos felices incluso con esto que ahora sufrimos si nuestra esperanza se ve completada y nuestro encuentro se produce como deseo y le pido a la Virgen de Fátima.

El 26 de julio su diario es un íntimo y extenso diálogo de amor con su esposa Ana en el día de su cumpleaños. Al día siguiente, Luka tiene una especial conciencia de lo que significa ser padre ante la evidencia de que su hija, a la que dejó con 4 meses, se iba desarrollando y creciendo en su ausencia sin que él pueda verlo.

El pensamiento en nuestra niñita me llena de vida cada instante y no hay sentimiento ni apreciación que no me recuerde a mi pequeña Elica, diminuta belleza, que tanto nos alegró con su vida.

Puedo decir  – sigue anotando Luka en su diálogo con Ana – que me son desconocidos los rasgos de su belleza y de su apariencia. En mis ojos no me llevé la imagen de su fisionomía que – mientras estaba junto a ti en la tierra del sufrimiento – justo se estaba formando. Pero aquello que Dios ha dado a los padres, un inconmensurable amor, me lleva a que la desdibujada imagen de la belleza, la convierta en un amor que no empalidece sino que se hace cada vez más vivo con la inspiración del anhelo y el dolor.

Se cómo ese querido ser en el que tu me contemplas a mi y yo te siento a ti, nos une más que nada en este mundo. (…)

Estoy seguro de que (si Dios no se apiada de mi antes) habrá aún muchos días en los que me veré impulsado a proclamar este convencimiento. Y eso no es más que una demostración de que nunca se dormirá en mi el sentimiento en el que vivo,  junto al indecible amor y dolor por ti, amada mía.

Voy como un niño pequeño que nunca tuvo un muñeco, cuando escucho desde alguna esquina a los bebés que lanzan mil sonidos entre las risas y las lágrimas y envidio a las madres que los cuidan. Querría oír en las voces de esos niños la de mi querida Elica y tras mis párpados cerrados verte a ti, Ana, esposa mía.

En la foto un angelito, detalle de la catedral de Fermo, en Italia. 

 

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