De todas las formas imaginables trato de hacer posible y acelerar, o bien mi regreso a la patria, o bien la salida de Ana al extranjero. Porque siento muy claramente que si no se llegara a nuestro encuentro mi vida se apagaría como una vela, escribe Luka Brajnović en su diario el  17 de junio de 1945 en Reggio Nell’ Emilia.

En esa ciudad italiana, donde se encontraba recluido en un campo de refugiados provisional, bajo la vigilancia de las tropas inglesas, encontró lo que no había  hallado semanas antes en Treviso. Acudió al obispado a pedir que enviaran una carta  monseñor Juretić, del Colegio Croata de Roma, pidiéndole ayuda para intentar facilitar la salida de Ana de Yugoslavia o su regreso a Croacia para reunirse con ella.

Al contrario que en Treviso, donde el secretario del obispo le trató con desconfianza y desprecio al verle desaliñado por los rigores de la vida en el campo de refugiados, esta vez se encontró con un sacerdote que le trató con mucha amabilidad y consideración, le abrió puertas y le facilitó que la carta fuera enviada y llegara a su destino. Un rayo de esperanza en medio del dolor de la separación.

El secretario del obispo, un sacerdote joven y muy amable, no sólo recibió la carta, sino que se interesó por la situación de los católicos en Yugoslavia, la situación de los sacerdotes y la emigración croata. Finalmente le dijo que le daría su carta a un cardenal que estaba con el obispo para que la llevara directamente a Roma.

Así que quizá mi carta quizá llegue a su destino como deseaba. Ojalá Dios quiera que pronto  mis anhelos se tornen en felicidad y pueda recibir a mi amada en un abrazo que le seque las lágrimas con un consuelo lleno de amor y de entrega.

A Luka, de natural reservado, se le hacía difícil vivir hacinado en la masa de refugiados que los ingleses van trasladando de campo en campo por Italia.

Una vez soñé con que me despegaría totalmente de las masas. que evitaría las calles, las oficinas, e incluso las iglesias a aquellas horas en las que están llenas de gente. Hoy tengo que vivir con esa masa y cada día darme cuenta de lo inmenso que se eleva la montaña del hombre sobre el hombre, haciendo violencia al espíritu.

De la misma forma soy privado respecto a mi amor. Mis sentimientos hacia Ana  no son los de un sueño romántico inalcanzable, sino los de una belleza real profundamente sentida que hemos perdido.

No importa como la gente lo mire y diga que este deseo de retorno a la vida familiar sea una expresión de lo primitivo del hombre, este tipo de individualismo insertado en el corazón por la bondad de Dios, permanece como una ley perpetua en cada unión y eso significa todas las cualidades que hacen al hombre, hombre.

Perder, por tanto, ese ideal, significa maldición, y verse forzado a que ese ideal se convierta en el mayor dolor significa tomar sobre sí la cruz, sin importar su peso. Porque No importa cuánta sea nuestra paz espiritual – y la paz generalmente frustrada por las manifestaciones externas de este mundo anormal tuviera algo de sus valores verdaderos – si este ideal no hubiera sido tan duramente herido y torturado.

Luka escribía esto cuando su separación de Ana duraba apenas un mes. el no podía imaginar que le quedaban por delante doce largos años en los que mantuvo vivo como el primer día el amor, la paz espiritual y el dolor.