Celebro el día de la mujer con unos recuerdos de mi madre, Ana Tijan,  de los primeros tiempos de su separación forzosa de Luka Brajnović que se encontraba en un campo de refugiados de Italia, haciendo planes para regresar a Croacia y reunirse con su mujer y su hija Elica, entonces un bebé El relato nos sitúa en el año 1946. Ella se daba cuenta de que la reunión de la familia era por entonces una misión imposible.

Con la creación de la República Federal de Yugoslavia, se apagaron las esperanzas de que Croacia pudiera ser excepción y quedar fuera del bloque soviético. Por lo tanto, la posibilidad de un pronto regreso de aquellos que se habían marchado, estaba cada vez más lejana. Era necesario aprender a convivir con esa realidad, asumirla y dejar todo en las manos de Dios.

No podía hacer planes sobre mi futuro porque éste dependía de la política del Estado y del partido comunista. Se me consideraba, junto con miles y miles de ciudadanos más que compartían una situación parecida, un estorbo, una persona no deseada, incluso peligrosa. Se nos denominaba reakcija  -los reaccionarios- lo que equivalía a decir los enemigos del pueblo. Encontrándome en esa situación límite, recibí una visita providencial: la de la tía Olga, hermana de la madre de Luka. Vino desde Kotor para enterarse de lo que había pasado con su sobrino, para conocernos a mi hija y a mi y para conocer la situación en la que nos habíamos quedado tras la marcha de Luka.

Tía Olga llegó a principios del verano  de 1946. En un principio la recibí con mucha cautela y desconfianza, puesto que no la conocía ni sabía que aspecto tenía. Toda persona desconocida exigía por mi parte mucha reserva y prudencia. Pero una vez comprobado que realmente se trataba de un familiar, me invadió una gran alegría. Es más, Olga venía con una propuesta de toda la familia Brajnović: que fuese a vivir con ellos, para no encontrarme tan sola y para compartir con ellos todo lo que, a partir de entonces nos podía ocurrir.

Así, tía Olga, Elica y yo emprendimos el viaje hacia Boka Kotorska, en el sur del Adriático Y ahí empieza otra etapa de mi vida.

Por una parte sentí un gran alivio y por otra una enorme tristeza por dejar Zagreb. Me parecía que me alejaba cada vez más de mi marido, aunque en realidad iba a casa de su madre. Habíamos mantenido contacto por correspondencia desde aquella primera noticia de que estaba vivo, La comunicación era complicada, secreta, nunca directa tenía miedo de que, al alejarme de Zagreb, nuestro contacto pudiera verse dificultado. En un principio, cuando nos escribíamos, nos bastaba decir el uno al otro que existíamos sin mayores explicaciones sobre la situación o nuestros sentimientos. Por eso fue muy revelador, después del fallecimiento de mi marido, encontrar su diario que empezó a escribir el día 11 de mayo de 1945 y que terminó en 1971. El diario consiste en 15 cuadernos con un total de 2385 páginas

Ana cita dos fragmentos del diario de su marido

Krupendorf, 11 mayo 1945. “te quiero y siempre te querré, ocurra lo que ocurra, siempre tuya – Ana. Muchos besos de tu pequeña Elica”. Así empieza el diario de mi marido escrito en el primer campo de refugiados en Austria y sigue diciendo: “Estas palabras escritas a modo de recuerdo, en el dorso de una fotografía me las entregó Ana tan solo unos minutos antes de nuestra despedida. Y estas palabras llenan de dolor mi alma. Dios sabe cuánto tiempo durará este grito de un amor humillado, herido, por culpa de ajenas pasiones de odio. Digo ¡Dios sabe! ¿Cuánto tiempo tendré que vivir de estas palabras? No porque dude de su fuerza y su firmeza, sino porque se que mi regreso está en las manos de Dios. Cada momento de mi vida, que me regala Dios, va acompañado del dolor ofrecido por Ana y por mi pequeña hija. En esta prueba a la que está sometida toda una nación, también mi amor está clavado en la Cruz. Soy consciente de mi inocencia: nunca he hecho mal a nadie y a muchos les he hecho el bien.Por eso las heridas están abiertas, sangran y jamás serán curadas…. Amo a mi mujer como el moribundo ama a la vida, como el alma de un asceta añora el cielo y la paz.¿puede acaso el amor florecer en el terreno sembrado por el odio y no sangrar de dolor?. La separación forzosa ha precipitado nuestras vidas y nuestros sueños en un abismo de incertidumbre y sufrimiento. Las torturas – cruel invento policial – son un ideal inalcanzable comparado con el sufrimiento del alma, constantemente fusilada y sin poder morir. Sin embargo, existe un remedio: confiar en la ayuda de Dios y la protección de la Virgen de Fátima, eterna y fiel acompañante de los que sufren y esperan”

“Módena, 6 de junio 1945. Hoy se cumple un mes desde aquél trágico día de nuestra despedida. Estaba convencido de que no iban a pasar tantos días y que regresaría antes. Si alguna vez hubiera pensado en esta posibilidad antes de que ocurriese, no hubiera podido imaginar tanto dolor y tanta crueldad”… “¿Cómo estará Ana? ¿La habrán dejado en paz o estará perseguida por mi culpa? Cada uno de sus pasos los sigo en mi pensamiento y la acompaño en este camino sin rumbo, deseada de amor y consuelo”

Estos pensamientos que atormentaban constantemente a mi marido – alejado cada vez mas de su tierra y de su hogar – también me asaltaban respecto a él. Durante el largo viaje de Zagreb a Kotor no dejaba de recordar todo lo que ocurrió en nuestras vidas en ese último año y trataba de imaginar los peligros y las dificultades por las que seguramente atravesaba Luka en su destierro. Ahora yo también me alejaba de nuestro hogar e iba al encuentro de lo desconocido. ¿Qué me esperaba en esta nueva etapa? Únicamente me tranquilizaba la idea de que iba a encontrar la protección y el cariño de los familiares. Pero y él, mi marido? Trasladado de un campo de refugiados a otro: Kruoendorf, Treviso, Bologna, Modena, Reggio nell’Emilia… Recibía sus noticias esporádicamente a través de algún mensajero y mediante el correo franqueado en algún país neutral. Realmente nunca supe exactamente donde se encontraba hasta que consiguió instalarse en Roma.

Ana destaca lo que sufrió Luka al verse obligado a vivir en condiciones de masificación en campos abarrotados de refugiados de diversos países del Este Europeo.

“Antes – apuntaba en el diario – soñaba con aislarme completamente de la masa, evitar la calle , las oficinas, incluso las iglesias cuando se llenaban de gente. Ahora, haciendo violencia al espíritu, tengo que convivir con la masa y experimentar en propia carne como el hombre-masa se impone al hombre-individuo”

En opinión de la mujer de Luka, esta experiencia le marcó dándole la vuelta en positivo, décadas después, en su labor como profesor.

Puede que por esta idea se esforzara años después en sacar a los jóvenes del anonimato, estimularlos a pensar como individuos, como personas, a no olvidar su dignidad (aunque a veces pisoteada), ni sus raíces cristianas (si es que las tenían).

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