La mirada más azul y conmovida que recuerdo de Don Luka -un hombre caracterizado por ellas- fue cuando volví de Kotor con la impresión de que era en efecto una de las bahías más bellas del mundo, y la noticia de que habíamos logrado ver a algunos de sus parientes. Él me había dado las referencias, y la noticia del contacto no era una minucia: aún tronaban Franco y Tito y don Luka era un exiliado político croata en España, después de haber vivido una vida que durante tiempo creí que había inspirado La hora 25, de Constant Virgil Ghiorghiu. Y sí, yo no era ningún Marco Polo, pero no me parecía probable que ni en la entonces Yugoslavia -un país de extraordinaria y sorprendente belleza que cambiaba todo el tiempo-, ni en todo el Adriático, hubiese muchas bahías que pudiesen rivalizar con la que, en forma de trébol, alojaba en una de sus hojas a Kotor; una pequeña población con teatro de ópera y último bastión de Croacia y del Imperio Austro Húngaro antes de llegar a las tierras agrestes de Albania.

No me pregunto mucho por qué fui a Yugoslavia y organicé con cuatro amigos un viaje que tuvo sus aventuras, como debe ser todo viaje digno de tal nombre. Imagino que sobre todo porque no la conocía -en los 70 era un destino más bien exótico-, pero como ese era un requisito fácil de cumplir, porque quería ver la tierra que cambiaba un poco la voz de mi profesor exiliado y anidaba en el centro de sus versos. Y con toda la distancia requerida -Don Luka era un profesor venerado por todos sus alumnos, pese a sus esfuerzos por ser cercano y rebajar las distancias-, de mi amigo. El viaje fue celebrado en su casa, en una de sus cenas con extraordinarios guisos de recetas croatas que custodiaba doña Ana, la mujer más sonriente que recuerdo. Don Luka y doña Ana recibían a estudiantes en su casa como si estos fuesen embajadores romanos.

Yo tardé en tenerlo como profesor. Tan solo me sonaba su nombre cuando un día mi compañero de estudios Pedro J. Ramírez me propuso participar en un recital de homenaje a él. No por nada sino por puro afecto de estudiantes y con motivo, me parece, de la publicación de su poemario Retorno. Leí algunos poemas, me gustaron y dije que sí. Pedro J. me lo propuso porque habíamos comenzado a hacer teatro juntos, en el grupo de la universidad, y le gustaba mi voz, e invitó igualmente a Elica Brajnovic, lo que fue motivo de un incidente que no puedo considerar más que divertido. Lo que ya me pareció entonces.

Pues Elica era mujer y esa era razón suficiente para que nos negaran el teatrillo de uno de los colegios mayores de la universidad, residencia de varones. No parecía importar mucho la consideración de que Elica era la hija mayor de don Luka, nacida antes de su exilio (Olga y los más pequeños nacieron ya en España, cuando después de años le permitieron a doña Ana y Elica reunirse con él en España), ya madre de familia y profesora de la universidad. Pero en todo tiempo y lugar hay gente que no comprende nada, y el asunto no tuvo trascendencia porque en otro colegio mayor nos cedieron un estupendo escenario, y lo que más recuerdo del recital: “Tantos hombres y tantos caminos hay en la panorámica de mis años, pero todos se van, atrapados en la rotación de luces y noches…”, lo que más recuerdo de él fueron los ojos encendidos de don Luka, que vino a darme la mano, conmovido, lo sentí. El mejor aplauso posible. Y luego el siguiente recuerdo es cómo en cierto momento salimos juntos don Luka y yo del bar de la plaza del Castillo donde estábamos celebrando el recital con todo el mundo y durante lo que me parece que fueron horas estuvimos caminando por las calles de Pamplona, de noche y sin rumbo, charlando sobre vete a saber qué. Hace más de cuarenta años de todo esto. Creo que éramos dos amigos que se presentaban.

La siguiente mirada que recuerdo pues me sorprendió más que halagó, se produjo en uno de los pasillos del Central, cuando desde lejos, a la salida del bar de Faustino, don Luka me hizo desde lejos un ademán de reconocimiento y de invitarme a tomar un café. (El tomaba cortado, y más de uno. Un día le dijo al camarero, muy serio: “Quiero un cortado… pero con la leche a un lado y el café al otro”. Y el camarero, que ya sabía cómo las gastaba, le contestó con la misma seriedad y haciendo mímica con las manos: “Ya veo. Y la leche, ¿a la izquierda o a la derecha?”). Esto sucedía al día siguiente del estreno de mi tercera obra de teatro, Sonoro y solitario. Al término de la representación yo había ido a su encuentro, ansioso de conocer su opinión, que para mí era importante, y él la había aplazado al día siguiente, pues quería reflexionar.

No me extraña que quisiese hacerlo. Cuando después de actuar tres años me pasé a la dirección y creación de mis propias obras, pues nadie me dirigía como yo quería, mis montajes, muy trabajados, comenzaron siendo mudos y abstractos, puro teatro del cuerpo como si quisiera encontrar mi propia gramática teatral. Y así era. Sonoro y solitario suponía el fin de esa etapa, con la incorporación de sonidos, todavía no palabras, sonidos que don Luka supo interpretar magníficamente -ahora lo veo- cuando al fin frente a nuestros cafés en uno de los bares más agradables que conozco, me dijo “Ha dicho usted lo que nadie se ha atrevido a decir aquí”. Su palabra era ley y le creí. Y aún así me pareció excesivo. Ahora creo que tenía razón: en la obra yo contaba la peripecia de un artista que permite que su obra se convierta en una suerte de tiranía y al fin es derribado por sus discípulos. Con la mirada poética que ha de tener todo creador, y también un profesor, él había sabido ver la metáfora que anida en toda obra de arte, si lo es, incluso en casos al margen de las intenciones del autor, y eso era lo que subrayaba.

Tuve el privilegio de disfrutar de una beca de estudiante-ayudante con él, y eso me permitió asistir a su trabajo desde el otro lado de la mesa de profesor, y recordar algún incidente que agrieta, por fortuna, un retrato de don Luka que a veces es voluntarista y un poco merengue. Como el día en que, en su clase de Literatura Universal, tratábamos con entusiasmo de ese momento excepcional que es prólogo al Fausto, de Goethe, y él interrumpió la clase para darle un corte a un grupo de estudiantes concentrados en no sé qué bobada sin prestar la atención que merecía algo extraordinario -eso también sucedía antes de los móviles-, como era esa asignatura, con ese manual de Grandes figuras de la literatura universal y otros ensayos, difícil encontrar mejor iniciación, y ese profesor. Esa pérdida de paciencia era por completo excepcional, tanto que consiguió de inmediato el orden que quería.

Don Luka fue una de las razones para que yo no volviera a Pamplona, después de haber estudiado allí, en mi idea, que el tiempo no ha hecho más que reafirmar, de que no hay que volver a los sitios en los que uno ha vivido intensamente. En un encuentro en Madrid, años después, con su incomparable capacidad de comprensión él me dio a entender que lo entendía perfectamente. Pero a menudo he dialogado con él en silencio. Supongo que eso es lo que es un profesor. Y un amigo.

Se me olvidaba contar que el éxito del recital de los poemas de don Luka fue tal que inauguró una prometedora carrera de declamadores para Pedro J., Elica y yo. El siguiente fue Neruda.

Pedro Sorela

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