Reproducimos aquí un breve ensayo publicado por Luka Brajnović, en Nuestro Tiempo, en marzo de 1979, que describe la profunda impresión que le causó contemplar la Última Cena de Leonardo Da Vinci en Milán mientras se encontraba refugiado en Italia. Gracias a Fernando Martínez Vallvey por haberlo rescatado de los archivos. Este es el texto original :

Quien resumió –se dice- todas las dimensiones del genio toscano y humano fue Leonardo Da Vinci, ese hombre singular que llegó un día a Florencia desde su pueblecito natal de Anchiana (situado en una ladera de la ciudad de Vinci) para buscar a un maestro y para aprender mucho más de lo que los instructores juntos de la ciudad le pudieron enseñar.

Cuando vi por primera vez “La Última Cena”, el convento y sobre todo, el refectorio de Santa Maria delle Grazie de Milán todavía mostaban sus heridas de la pasada guerra. Quizás por ello y por mis propias heridas, aquella pintura al fresco me impresionó más que la Capilla Sixtina, Galería y Stanze vaticanas, palacios florentinos, la Farnesina romana o los frescos de la basílica franciscana de Asís. La comparación es irracional y disparatada porque se une más a un estado de ánimo que a una reflexión. Se decía entonces que aquella obra de Leonardo estaba condenada definitivamente a desaparecer a causa de un bombardeo. Pero su decoloración data de mucho tiempo atrás. La principal causa de esta anemia y de este deterioro fue, en realidad, la costumbre del propio autor de querer experimentar los diversos métodos de pintar al fresco, así que “La Última Cena” en la época de Jorge Visari (que es como decir en la época del propio Leonardo) ya se encontraba en estado clorótico. Su aspecto actual es, mucho más, sólo una pálida sombra de lo que era en sus primeros años de vida. No obstante de aquella pared rascada y ruinosa siempre –antes y ahora- ha fluido una fuerza mágica y misteriosa. Las figuras de los apóstoles, brumosas y dañadas, los colores transformados en una imitación de sí mismos en unas sombras y manchas, la pared agrietada y corroída representan tan sólo la huella de la armonía y de la emocionada viveza que debía tener esta postura cuando el artista consideró acabada su obra. Y, sin embargo, todavía viven y perduran las formas y el pensamiento del genio en aquel velo descubierto de la pintura y en aquel daño de empastes caídos de “La Última Cena”.

La composición de aquel fresco es elocuente, pese a su sencilla solución horizontal, desarticulada rítmicamente a lo ancho de la pared. Tiene su centro en Cristo a cuya frente se dirigen todas las líneas de las perspectivas del espacio y todos los pensamientos de las figuras que le acompañan. Las palabras alusivas a la traición de Judas –que se encuentra en la sombra, cruel e insensible- están ya pronunciadas y han sonado en el cenáculo como un acorde de inmenso dolor, penetrando en todas las almas que se encuentran allí. Los apóstoles se han estremecido y sus movimientos han agitado la escena. En sus rostros, se refleja la sospecha, la fidelidad, y, también, la lástima hacia su compañero que aguanta inmóvil el reproche y que ni siquiera quiere oír la voz de su propia conciencia. Entre grupos de hombres que forman dos triángulos, está la figura central, sola. Tras ella se azulea el cielo como una misteriosa aureola. Se debería contemplar detenidamente cada momento, cada rostro, cada mano y cada gesto de estos grupos para comprender que en la composición pictórica de Leonardo se encuentra una de las más potentes expresiones artísticas sencillas y –quizás, por ello- totalmente comunicable, elocuente y sugerente.

Se afirma que Leonardo llevó en su mente durante mucho tiempo aquella composición como se lleva en el alma un verso del que nace todo el poema. Supongo que éste es el caso de todos los verdaderos artistas que no producen, sino que crean. Es difícil creer en el valor artístico de aquellas obras poéticas, pictóricas o musicales que nacen de la casualidad inspiradas por una palabra, una mancha de color o una nota gratuita, puestas sobre el papel o el lienzo por puro azar, aunque lo digan algunos artistas renombrados. La fuerza creativa del hombre tiene las raíces mucho más profundas que una palabra, un color o un tono. Pero Leonardo hacía algo más: elegía, valoraba y dudaba, porque –como decía él mismo- “aquel pintor que no duda, logra poco”. Durante su trabajo en el refectorio de Sta. Maria delle Grazie, buscaba constantemente una expresión nueva y mejor para todos los grupos, para todos los rostros, para todos los detalles de los pliegues de las vestiduras y del mantel recamado que cubre la gran mesa. Durante semanas y semanas buscaba modelos, estudiaba expresiones, se fijaba en las reacciones y gestos de la gente sencilla. Y luego pintaba hasta que, por fin, terminó toda la obra menos el rostro de Cristo. Los viejos escritos –más en plan de leyenda que de una información- cuentan que Leonardo nunca acabó de pintar el semblante de aquella figura central, ya que no pudo encontrar a nadie que le sirviera como modelo para darle la idea sobre el aspecto de Dios-Hombre. Posteriormente, sigue diciendo la leyenda, un pintor anónimo terminó ese rostro. Esta suposición o creencia nunca fue demostrada. Lo evidente es que, a los dos lados de Cristo, Leonardo pinto unos hombres vivos y cotidianos, unos hombres que no entendían o, como máximo, sólo intuían el pensamiento divino. Por esta razón, Cristo figura separado de todos, solo. En esta soledad humana –como en la del propio Leonardo- se expresa la incomprensión y la perplejidad de los que vacilan o no entienden, aunque aman. Sólo la figura cognoscitiva de este singular genio pudo crear la figura de una inmensa tranquilidad, seguridad y, sobre todo, de inmenso amor como un reflejo de la conciencia más lúcida del hombre.

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