Una marea humana salía de Croacia hacia Eslovenia para llegar a la frontera con Austria al encuentro de las tropas inglesas, huyendo de las fuerzas comunistas, cuando Luka Brajnović emprendió ese viaje desde Zagreb con sus tres cuñados el 6 de mayo de 1945. Era el fin de la Segunda Guerra Mundial. Le habían convencido de que iba a ser una ausencia de unas pocas semanas con la que salvarían la vida, para volver después, cuando el orden se hubiera restablecido en el país y las cosas se hubieran calmado.

Luka cuenta en su diario que apenas inició el viaje se arrepintió de haberlo hecho. No podía dejar de pensar en Ana y en su hija de cuatro meses, Elica, que se habían quedado atrás esperándole.

Cuando se habían alejado unos pocos kilómetros de la ciudad tuvieron un accidente. Chocaron contra un camión y su coche se averió. Tuvieron que hacerse a un lado para no entorpecer la marcha de la inmensa columna de vehículos de todo tipo y de gente a pie que se dirigían al norte. Terminaron empujando el coche a lo largo de un kilómetro, hasta que encontraron un taller. Era de noche. A Luka le entró la esperanza de que se quedaran sin medio de transporte y no tuvieran más remedio que volver a Zagreb.

Pero sobre las once oyeron varias explosiones y vieron el resplandor de las llamas sobre el cielo de la ciudad. El camino de vuelta estaba cortado. La angustia por la suerte de Ana y la pequeña Elica se apoderó de Luka.

Después de pasar toda la noche arreglando el coche, reanudaron la marcha, camino de Eslovenia, para pasar a Austria hasta llegar al campo de Krumpendorf donde estaban las tropas inglesas.

Allí estuvieron varios días como prisioneros con gente de todo tipo. Desde algunos indeseables dirigentes del régimen derrocado que se fugaban con todo lo que habían podido saquear, pasando por reclutas movilizados a la fuerza a última hora que sólo querían deshacerse del uniforme y volver a casa, hasta una mayoría de civiles que simplemente huían de la guerrilla comunista como era el caso de Luka y sus cuñados. Se corrían todo tipo de rumores: desde que les iban a llevar al Tirol hasta que irían al sur de Italia. Finalmente,  tras identificarles, los soldados ingleses les organizaron en grupos de 40 en fondo para meterles en un tren de mercancías con destino a Udine, en Italia, donde pasaron la noche para continuar viaje hacia Treviso, una ciudad junto a la que había un antiguo campo de concentración en el que quedaron recluidos con estatuto de refugiados pero sin derecho a salir de ahí. Luka veía con horror cómo la situación le alejaba cada vez más de Ana. Así expresaba sus sentimientos en Krumpendorf, antes de partir para Italia:

Amo a mi mujer como el moribundo ama la vida, como el alma del asceta anhela el cielo y la paz,(…) ¿Puede florecer el amor entre las malas hierbas del odio sin ser destrozado por el dolor?. La separación sumergió nuestro sueño, nuestra vida en las profundidades insondables del peligro, la incertidumbre y el sufrimiento. ¿Puede haber un padecimiento más duro? Los sufrimientos más repugnantes que me pudiera causar la policía son un ideal inalcanzable en comparación con esta prueba en la que mil veces me fusilan el alma que no puede morir.

Existe un remedio: la confianza en la ayuda de Dios y la protección de la Virgen de Fátima. Y -la eterna amiga del dolor- la esperanza.

Aún no se han asentado en mí todas las impresiones de estos días. Los paisajes han quedado atrás y yo he estado ciego a su belleza. Existe una belleza. Que es más hermosa que todas las bellezas. Es la persona amada. Y el destino, con cruda violencia me robó la persona que adoro, me arrancó del abrazo de mi mujer y de la niña…

En su diario describe su preocupación por lo que pueda estar pasando a Ana y se la imagina en las más duras situaciones. Unos días más tarde, ya en Treviso escribe angustiado que una refugiada le ha dicho que en Zagreb han declarado criminales de guerra a los parientes de los fugitivos. La sola idea de que algo le pueda pasar a Ana por su culpa le desasosiega enormemente:

Mi vida  no tiene valor ni como para que mi maravillosa mujer sufra por ella el roce de una aguja, así que ¡qué diré de los mayores sufrimientos! Virgen de Fátima ayúdala a ella y a mí y protégenos de todo mal, rezo sin cesar.  Y en el fondo siento que este pensamiento (que Ana sufra por mi culpa) nunca desaparecerá de mi cerebro, que siempre me va a estar matando y que no podré conservar mis pobres fuerzas dispersas en innumerables sufrimientos del alma mas que por un poco de tiempo, poco. Y si mi cuerpo desmayase y se convirtiera en cadáver, que haya un alma buena que entregue estos escritos a mi mujer.  De ella he recibido la riqueza, más bien el lujo  del amor y el dolor y me gustaría que al menos un harapo de ese lujo lo entreleyera de estas líneas.

Por su parte Ana se había quedado sola con la pequeña en Zagreb. Así recuerda en sus apuntes lo que vivió:

Es realmente espantoso presenciar el cambio de toda una sociedad en tan solo pocas horas. Todo lo que nos era conocido desapareció y lo nuevo no ofrecía nada bueno. Por las calles deambulaban elementos peligrosos. Cualquiera podía dar rienda suelta a sus instintos más bajos: asaltar, robar, matar, violar. Zagreb se convirtió en una ciudad sin ley, en el botín de guerra de los vencedores. Vae victis! Al mismo tiempo, aquellos que se habían marchado alegremente, para entregarse a las tropas aliadas con la esperanza de volver pronto, se encontraron con la realidad más dramática posible. Habían abandonado el país miles y miles de jóvenes, mayores, niños, familias enteras, civiles y militares. Unos encontraron la muerte antes de llegar a Eslovenia; otros, en Austria, en Bleiburg, lugar tristemente conocido por la masiva aniquilación de miles de refugiados.(…) Los que pudieron salvarse de la matanza, fueron enviados a los campos de refugiados de Italia o entregados a las tropas de Tito. Estos últimos tuvieron peor suerte ya que tuvieron que volver andando desde Austria, pasando por toda Eslovenia hasta llegar a Zagreb, exhaustos, descalzos, rotos de dolor y de sufrimiento. Cada vez que llegaba un grupo así, salíamos a la calle para buscar, en las columnas de seres medio? muertos, a algún conocido o algún familiar. Muchos habían perdido la vida por el camino y esos esqueletos andantes nos daban una idea de lo que podía haber ocurrido con los demás. Procurábamos conseguir alguna información sobre nuestros seres queridos, pero los soldados nos lo impedían. Al final , tuvimos que desistir de nuestro empeño por la seguridad de los prisioneros y la nuestra propia. De alguna forma, nosotros también éramos prisioneros. Personalmente, fui a cualquier lugar donde pensaba que podía obtener alguna información. El método de búsqueda, no solo mío, era ir de un campo de concentración a otro, de una cárcel a otra, dejando cestas de comida para las personas que se buscaban. Si la cesta era recibida, indicaba que la persona estaba viva. Si no, significaba que o no estaba encarcelada o no estaba viva. En mi caso, el resultado siempre fue negativo, lo que aumentaba mi angustia e incertidumbre.

 

(En la imagen, Castelfranco in Treviso en la actualidad)

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