En la primavera de 1945, la Segunda Guerra Mundial tocaba a su fin, pero la situación en Croacia era muy compleja. Las esperanzas de un desembarco aliado que liberara los territorios se habían desvanecido hacía tiempo y lo único que llegaban eran continuos bombardeos para amparar el avance de las fuerzas comunistas de Tito, que apenas encontraban resistencia. Y los comunistas anunciaban entre otras cosas que iban a matar a los intelectuales católicos, entre los que se encontraba en un lugar destacado Luka Brajnović, quien además acababa de escaparse de un campo de prisioneros de la misma guerrilla que ahora sitiaba la capital croata. Su vida estaba en serio peligro.

Luka y Ana estaban asustados y preocupados. Especialmente angustiados por su hija Elica, que no había cumplido los cinco meses. En Zagreb imperaba el desgobierno total. Era el momento propicio para los ajustes de cuentas y las venganzas que quedarían impunes.

“Mientras que por toda Europa repicaban con alegría las campanas anunciando el fin de la guerra, a nosotros nos sonaban a tragedia y a muerte”, escribe Ana en sus apuntes.

Un día los hermanos de Ana propusieron a Luka un plan: cruzar la frontera y esperar en Austria a que pasara la entrada de los comunistas, se firmaran los tratados de paz y se calmaran las cosas. Ellos pensaban que en unos meses estarían de vuelta. El viaje era muy peligroso. Ana recuerda en sus apuntes esos momentos tan duros:

¿Y nosotros dos, Luka y yo? ¿Qué hacer en una situación tan grave? ¿salir o quedarnos? Para tomar la decisión definitiva influyeron mis hermanos: Pablo, el mayor, que tenía a su disposición un coche, Viktor y Tomislav, el mas pequeño que por entonces tenía 20 años. Los tres aconsejaron a mi marido que huyera con ellos. Pero ¿y yo?. Yo tenía motivos más que sobrados para no quedarme, pero mi responsabilidad como madre me aconsejaba no poner en peligro la vida de una niña de cuatro meses. Decidí quedarme. Ese momento, en el que tomamos esa decisión, fue extremadamente difícil.

Era el 6 de mayo de 1945. Conseguí preparar rápidamente una pequeña maleta para Luka, con una manta. Intercambiamos nuestros rosarios y fotos. Nos dimos un fugaz beso y abrazo, me despedí de mis hermanos. Todos estábamos convencidos, menos Luka, de que aquella separación iba a durar como máximo 3 o 4 meses. Aún tuve tiempo de dedicarle a mi marido una fotografía mía con la pequeña en la que le puse: “Te quiero y siempre te querré ocurra lo que ocurra. Tuya. Ana. Muchos besos de tu pequeña Elica. 6-V-1945”.d Nunca pensé que aquella fotografía se iba a convertir en un instrumento para él durante los largos años de nuestra forzosa separación, para mantener la fe en nuestro amor y en nuestra mutua fidelidad.

Los tratados de paz fueron como fueron, se creó una nueva Yugoslavia, se instauró una dictadura comunista. Luka no pudo volver y a Ana no le permitían salir. La separación duró doce años.

Sobre estos hechos, Luka escribió en su libro “Retorno” este poema:

LA HUIDA

Me fui casi sin despedirme , llevando conmigo
el olor de las sendas del parque cercano a nuestra casa
y una mirada negra de la mujer espantada

Pensaba en ella y en el silencio de nuestras albas
-mientras la niña dormía-
y me fui como quien sabe a dónde iba
sin ver la meta. Remaba entre las olas
y tenía las velas izadas.

La sentía cerca en las tardes que se apagaban violetas
sediento de su alegría y de su perfume de mar y brisa
y de su mirada que encontraba por dondequiera
tocando con los dedos de mis manos vacías
los espacios estremecidos y las lejanías
reducidas en un punto de esperanza
sobre el cual se paraba la duda.

Luego, las estrellas brillaban en el escaparate de la noche.
Un joven rubio cantaba en la carretera,
mientras Adán y Eva se confundían en la hierba
olvidando la luna que brillaba en el charco
donde un perro vagabundo bebía cansado.

Todo tiene su secreto, todo su pregunta
escondida en lo más profundo del alma
para no enfrentarse con la luz clara
y desconocida.

Nuestros deseos secretos se columpiaban colgados
como la última hoja ocre y amarillenta
en un árbol del otoño tardío.
Desde dentro en mí hervía la despedida
como el cadáver la primera noche en un nicho

¿Sabíais que el dolor tiene el alma apacible
y los ojos negros y alegres?

 

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