Tras su salida del campo de concentración de la guerrilla comunista, Luka Brajnović necesitó un mes para recuperarse de las secuelas físicas y psíquicas que le había producido su cautiverio. Después se entregó de nuevo al trabajo hasta que la censura del régimen le cerró el periódico. Se encontraba en una situación muy complicada porque para entonces había sido prisionero de los dos bandos de la guerra. Y eso por el mero hecho de ser un civil, periodista independiente, contrario a cualquier tipo de totalitarismo ya fuera de signo ultraderechista, nazi o fascista, ya fuera de signo comunista estalinista.

Acababa de salir del campo de concentración las guerrillas comunistas pero antes de que le apresaran los hombres de Tito ya sabía por experiencia propia lo que suponía la incertidumbre de un apresamiento fuera de toda ley.

Dos años antes, en su Kotor natal, había sido detenido por la policía militar italiana del fascista Mussolini, cuyo ejército acababa de ocupar la bahía. Él tenía 22 años y estaba allí pasando las vacaciones de Semana Santa con sus padres y hermanos. Le detuvieron en una redada y, sin comunicarle la causa ni hacerle comparecer ante juez alguno, le embarcaron en una nave de guerra anclada en su bahía para llevarlo a Italia.

Los soldados dispusieron a los prisioneros en grupos en cubierta. El grupo de Luka estaba cerca del agujero de la cadena del ancla. Llovía intensamente. Antes de que el buque se alejara de la costa, después de calcular el tiempo que tardaban en pasar los soldados que hacían las rondas de guardia, los prisioneros de su grupo habían hecho un plan de fuga y Luka era su conejillo de indias: el encargado de probar si era posible. Habían calculado el tiempo que tardaba en hacer la ronda el soldado guardia. En el momento previsto, Luka se levantó con sigilo y se aproximó al agujero, se deslizó por él, se descolgó por la cadena del ancla y saltó al agua sin ser advertido. Ya en el agua, se colocó al abrigo de la sombra del casco del buque para evitar ser descubierto por la luz de los reflectores que barrían en círculos la cubierta y, una vez a salvo de los focos, comenzó a nadar hacia un punto de la costa a dos kilómetros de distancia, donde suponía que los italianos no tenían patrullas vigilando. El plan era que si él tenía éxito, al cabo de unos diez minutos saldría el siguiente, y así sucesivamente. No supo qué pasó con sus compañeros de fuga. Respecto a los demás prisioneros, las noticias que tuvo años después fue que la mayoría murieron en la travesía o en campos de concentración lejos de su patria.

Su juventud y su intrepidez le salvaron la vida, pero el apresamiento de los italianos le costó uno de sus más profundos dolores: la separación de su familia y de su bahía. Ya no pudo regresar a su querida Kotor hasta 48 años después, cuando, tras la caída del muro de Berlín, la historia de Europa empezó a cambiar. Nunca pudo despedirse de su padre que estaba en casa paralítico y sólo pudo volver a besar a su madre tres décadas más tarde, cuando consiguió traerla a Pamplona por quince días.

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