Cuando era niña y visitaba las casas de mis amigas recuerdo que me llamaban la atención las fotografías que solía haber en algún lugar destacado del hogar donde aparecía una pareja joven. Ella, con un vestido largo  blanco y un tocado. Él, trajeado y elegante. Los dos, felices y sonrientes. Era la foto de la boda de sus padres.

En mi casa no había ninguna foto semejante. Nada de tules blancos y ramos de flores en frente de una iglesia. Un día pregunté a mi madre dónde estaba la foto de la boda. Ella  sonrió y me dijo que cuando ella se casó tenía cosas más importantes en las que pensar. Más tarde conocí su historia.

Cuando mi padre salió del campo de concentración en 1943, los dos se comprometieron formalmente y decidieron casarse. Debido a la situación de guerra en la que se encontraba el país, ni ellos podían ir a visitar a sus padres ni sus familias podían viajar para conocerse. Pero no había tiempo que perder. La guerra suponía convivir con la posibilidad de la muerte. Cada día era precioso y los dos novios no querían desaprovechar la vida que tenían por delante. Luka Brajnović, pidió la mano de Ana a su hermano mayor, Pablo Tijan, conocido profesor que residía en Zagreb. Fijaron la fecha de la boda para el 22 de noviembre, día de Santa Cecilia, patrona de los músicos.

Era tiempo de bombardeos frecuentes sobre la ciudad. Tiempos de correr escaleras abajo para buscar el refugio de los sótanos al son de las alarmas. El 22 de noviembre de 1943 fue uno de esos días negros en los que las alarmas aullaron y las explosiones se sucedieron. No había tiempo para largas ceremonias y concurridas celebraciones. Luka y Ana fueron juntos a Misa por la mañana temprano y por la tarde volvieron a la iglesia de los franciscanos de Kaptol en la ciudad alta de Zagreb para la breve ceremonia del sacramento del matrimonio en la que se prometieron fidelidad hasta que la muerte los separase y recibieron la bendición del sacerdote. Luka recuerda en su libro Despedidas y Encuentros que durante la ceremonia, los aviones aliados estaban bombardeando el barrio sur de la capital croata intentando derribar los puentes sobre el río Sava. El lugar estaba bastante alejado pero el ruido era ensordecedor. Las explosiones -recuerda- sólo dejaban oír intermitentemente el sonido de la marcha nupcial que, inasequible al desaliento, estaba tocando con toda solemnidad un franciscano.

Ana llevaba un elegante traje de chaqueta que se había hecho con la tela de un traje de su hermano Pablo. Como ella dice, no era tan vistoso como los trajes de novia tradicionales, pero resultó mucho más práctico para correr a los refugios.

No faltó la fiesta. Se fueron con sus amigos al resguardado sótano de un hotel en una céntrica plaza de la capital croata.

Su “viaje de novios” consistió en subir a oscuras las escaleras agrietadas por los bombardeos que llevaban hasta el ático donde estaba el apartamento en el que los recién casados iban a comenzar su vida juntos. Él tenía 24 años, ella, 23. No tenían nada. Estaban atrapados por la guerra. La censura del régimen pro fascista de Zagreb le acababa de cerrar el periódico a Luka, que se quedó sin apenas medios de subsistencia. Pero se tenían el uno al otro y eso era lo único que les importaba.