La semana de Pascua de 1943, la salud de Luka Brajnović, confinado en el campo de Kamensko, no hizo sino empeorar. La situación se hizo tan penosa que ya casi no podía ni moverse. Pero no perdía la esperanza ni la rapidez de reflejos ante sus interrogadores. Así se desprende de sus diarios.

Una tarde estaba echado en la tabla pensando  que ya nunca más iba a poder levantarme. Ardientemente rezaba a la Virgen de Fátima que me diera salud porque ya veía en mí manifestarse todos los síntomas del tifus exantemático. Y cuando despuntó el día siguiente estaba completamente consciente y sano. ¿Podría tener palabras para expresar mi agradecimiento a mi intercesora? Cualquier palabra sería pobre y triste en comparación con las gracias que he recibido inmerecidamente. Yo se lo agradecí con el espíritu, con toda el alma, con el pensamiento, con el corazón.

Los sufrimientos no sólo eran físicos. Al hambre, la enfermedad, las condiciones inhumanas en las que vivían los prisioneros, tumbados en tablas de madera, hacinados unos encima de otros, se unía el miedo y el desaliento.

El sufrimiento por Ana y los míos llenaba las horas de mi prueba. Había días en los que me encontraba amargamente deprimido. Temía que ese dolor me aplastara, que mis lágrimas se volvieran más densas que el plomo y que derrumbaran mi fuerza y mi confianza. Por eso, un soleado día, pedí a la Virgen de Fátima que me ofreciera una señal de que me iban a dejar ir a casa.

“Que llueva como el día de Ilisrska Kotlina si quieres salvarme, Virgen de Fátima”, pedí aprisionado en mi tabla.

Y ciertamente, hacia las cuatro de la tarde empezó a llover.

Pasaron semanas  y no parecía haber respuesta a su petición, pero lo que no cedió fue la esperanza renacido en su corazón.

En su diario, Luka refiere que el 5 de mayo, le llamaron a un interrogatorio a cargo de un “juez” al que califica de “muy simpático” y a quien todos conocían como  “camarada José”. Tomaba notas un secretario llamado “Balas”.

Les dije lo que había venido diciendo hasta ahora. Al final el camarada José me dijo:

“La verdad es que no sabemos qué hacer contigo”.

“Lo mejor es que me mandéis a casa”, contesté.

Él se rió.

No le mandó a casa. Le mandó a otro campo de prisioneros, porque tenían que abandonar el que estaban ocupando debido al avance del enemigo. Pero con el tiempo quien se salió con la suya fue Luka, aunque aún le esperaban muchas aventuras antes de reunirse con los suyos.