Me parece que vuelven a mi los deseos de vivir

El paraje de la fotografía es uno de los que tuvo que atravesar a pie Luka Brajnović en marzo de 1943, encañonado por las armas de los guerrilleros en lo que le parecía una interminable caminata hacia un destino incierto. Le habían dicho que le llevaban al cuartel general de Croacia donde decidirían por segunda vez si le iban a fusilar o no, después de haberle librado del pelotón en el último segundo hacía tan solo dos días, como relato en una entrada anterior. Se trata de los lagos de Plitvice, en Croacia, hoy parque nacional declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Cuando él pasó por ahí había nevado. Llegó después de una agotadora subida de más de cuatro horas por el monte. Por el camino encontraron gente desplazada de sus hogares en ruinas por los combates  que moría en los cruces de caminos de frío y hambre. Allí vio a una mujer sentada delante de unos cuantos maderos quemados.

No tiene fuerzas para levantar la cabeza. Agoniza y gime sin darse cuenta de que alguien pasa a su lado y de que su hoguera se hiela. Horrible.

Los guardias que llevaban a Luka y a dos prisioneros más, no les dejaron detenerse y les hicieron seguir caminando monte arriba por un escarpado terreno hasta que les entregaron a un relevo en la frontera de la región de Lika, donde se encuentran los 16 lagos en escalera comunicados por más de 90 cascadas y rodeados de bosques, que tienen una belleza espectacular. Él no había estado nunca allí, pero había oído hablar del lugar con entusiasmo a su novia, Ana Tijan. En su diario cuenta cómo empezó a ser consciente de la belleza que le rodeaba y cómo le impresionó su contraste con la situación que estaba viviendo. Todo comenzó cuando avistó por unos instantes el curso del legendario río Korana poco antes de llegar a los lagos:

Allí, en lo profundo, muy por debajo de nosotros por un cañón de piedra fluye ese hermoso río, como en los cuentos que alguna vez oímos y que entonces nos interesaban (…) ahora estamos demasiado serios para recordarlos.

El crepúsculo está justo descendiendo – un ardiente, rojo crepúsculo – cuando llegamos a los Lagos de Plitvice. Mis ojos están llenos de su agua. Me acuerdo cómo Ana me contó una vez su excursión a los lagos, me habló de la belleza de este paraje. La belleza permanece (…) Contemplo estos lagos, pienso en Ana y un profundo dolor me golpea el alma, como la oscuridad que desciende sobre esa pobre y sufrida tierra llena de sangre, lágrimas y suspiros de gente inocente – y de criminales.

A Luka, el traslado se le hace interminable. Pierde la cuenta de los días y las noches, en esa larga marcha con su vida en juego.

El viaje se prolonga como si no hubiera fin a esta caminata. Y yo aprovecho ese tiempo para rezar el santo rosario y para prepararme para el final de esta dura incertidumbre que me ha empezado a atormentar. Me parece que vuelven a mí los deseos de vivir.